
A veces se me ocurren cosas tan matematicamente puras, que cuando intento convertirlas en palabras o no hay palabras o yo no sé cómo. No te imaginas esa sensación, lo duro que es tener una idea y no poder compartirla.
A veces se me ocurren cosas tan matematicamente puras, que cuando intento convertirlas en palabras o no hay palabras o yo no sé cómo. No te imaginas esa sensación, lo duro que es tener una idea y no poder compartirla.
Recuerden, recuerden, el cinco de noviembre. Conspiración, pólvora y traición. No veo la demora y siempre es la hora para evocarla sin dilación.
Sólo al soñar tenemos libertad, siempre fue así y siempre así será.
Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nade descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.
Me hablaron de una cuchara con la que comer
La sopa con la que en un futuro sobreviviré
Una sopa que estará hecha de verdes billetes
Y a más grande la cuchara, más rico que eres.
Por eso me afané en moldear mi porción de metal
Optimizando cuanto mas pude su capacidad.
La cuchara ya está casi lista para alimentar
Mi estómago con los sucios billetes de la humanidad.
Pensando todo el tiempo en un futuro que no llega
O quizás pasó y se marchó y hace ya tiempo que me espera
Un destino que no alcanzo a ver más allá de primavera
Y tener esta gran cuchara no sé si merece la pena.
Fueron mucho esfuerzo y mucho trabajo duro
El que dediqué a elaborar durante años mi futuro
Fueron muchos momentos los que perdí en el transcurso
Por no comprender bien como funcionaba el mundo.
Intento cambiar mi pasado con un resultado nulo.
Quiero recuperar los momentos que pasaron
Que a lo largo de los años, he perdido por trabajo
Quiero volver atrás para corregir mis fallos
Mis torpezas, cobardías,mis titubeos en cada paso.
Me doy cuenta que la sopa no es sopa sino caldo
Que le faltan alicientes para que sepa a algo
Pero obseso con la cuchara, se me olvido comprarlos
Y ahora corro y tropiezo, buscando por cualquier lado.
Estudiad, miserables, estudiad.
¿Que las fuerzas se te agotan?
¡Que más da!
¿Que desfalleces? No me importa
Tu a estudiar.
Hincas las rodillas
Rezando mil Avemarías
Porque el cataclismo llegue
Antes de que acabe el día.
Mas ingenuo esperas
Que te den las respuestas
Sin prevenir chuletas
Y confiando en tu cabeza.
Dios se apiade de ti, miserable
Encerrado, con el buen día que hace
Preferir, a veces, ser un ignorante
Vivir el momento
Y cuando pregunten callarse.
Estudiad, miserables, estudiad
¿Ya no distingues las letras?
Eso es normal
Que las manos sujeten tu careta
Y la mente te evada del lugar.
Estudiad, miserables, estudiad.
Veinte pisos. Más de cincuenta metros. Todo es distinto a esa altura. El viento acaricia mis ropas y tira descaradamente de ellas, parece que le gustan y quiere llevárselas. Me hace creer que escapé del hábitat urbano, que aún queda algo sin domesticar.
Me acerco al bordillo, al filo, al límite, al final de la estabilidad. Describen esta sensación como vértigo. El miedo. Las dudas. Todo es lo mismo. Soy una pieza de dominó, en cuanto caiga perderé el control de todo. Pueden caer todas las piezas detrás de mí o no caer ninguna.
Me descalzo, siento el frío cemento. Asomo los dedos de los pies, a continuación mi cabeza. Veinte pisos. Más de cincuenta metros. Doy un paso atrás. No tengo porque hacerlo. Pero decidí hacerlo, y si ahora reniego de mi decisión, estaría dejando decidir al mundo y sus leyes. Esas leyes que me obligan a caer si no tengo nada bajo mis pies. Y en este momento es cuando entra en juego mi dominio, mi autocontrol, mi fuerza de voluntad. Para que me guíen en la ruta que me he marcado, y esa ruta pasa irremediablemente por saltar.
Vuelvo a mirar hacia abajo, y miro alrededor. No hay nadie por encima de mí en kilómetros. En la calle, muchas personas saben que estoy aquí arriba. Quizás me delaten los vehículos de policía y de bomberos cerca de donde caeré.
Hay alguien conmigo en la azotea. No es un policía, sólo lleva un walkie-talkie. Se mantiene a unos metros de mí. No hablo con él, únicamente espero y me concentro para lo que me dispongo a hacer. Abren la comunicación con el walkie. ‘Ahora’ , es lo que oigo que dicen. Menos mal que ya estaba preparado.
Flexiono las piernas y salto lo más lejos posible del edificio. No quisiera que el viento me devolviera al edificio a través de un ventanal, y acabar en el hospital con heridas de cristal por todo mi cuerpo. Vuelo; en picado pero vuelo. Explosión de libertad.
Veinte pisos. Más de cincuenta metros. Cuatro segundos en recorrerlos. Ni Usain Bolt.
Soy un dardo, directo a la diana, la diana dibujada sobre un colchón enorme, un castillo hinchable, el mayor globo que jamás haya visto.
El globo gigante amortiguó mi caída, atrapándome en un abrazo de tela. Tras desenvolverme como si fuera un regalo, me dijeron que fue un buen salto y que el récord mundial estaba en 818 metros. ¿Superarlo? No lo creo.
Sí, lo soy. Un cobarde es un hombre capaz de prever el futuro. un valiente es casi siempre un hombre sin imaginación