12 de junio de 2009

Salto

Veinte pisos. Más de cincuenta metros. Todo es distinto a esa altura. El viento acaricia mis ropas y tira descaradamente de ellas, parece que le gustan y quiere llevárselas. Me hace creer que escapé del hábitat urbano, que aún queda algo sin domesticar.

Me acerco al bordillo, al filo, al límite, al final de la estabilidad. Describen esta sensación como vértigo. El miedo. Las dudas. Todo es lo mismo. Soy una pieza de dominó, en cuanto caiga perderé el control de todo. Pueden caer todas las piezas detrás de mí o no caer ninguna.

Me descalzo, siento el frío cemento. Asomo los dedos de los pies, a continuación mi cabeza. Veinte pisos. Más de cincuenta metros. Doy un paso atrás. No tengo porque hacerlo. Pero decidí hacerlo, y si ahora reniego de mi decisión, estaría dejando decidir al mundo y sus leyes. Esas leyes que me obligan a caer si no tengo nada bajo mis pies. Y en este momento es cuando entra en juego mi dominio, mi autocontrol, mi fuerza de voluntad. Para que me guíen en la ruta que me he marcado, y esa ruta pasa irremediablemente por saltar.

Vuelvo a mirar hacia abajo, y miro alrededor. No hay nadie por encima de mí en kilómetros. En la calle, muchas personas saben que estoy aquí arriba. Quizás me delaten los vehículos de policía y de bomberos cerca de donde caeré.

Hay alguien conmigo en la azotea. No es un policía, sólo lleva un walkie-talkie. Se mantiene a unos metros de mí. No hablo con él, únicamente espero y me concentro para lo que me dispongo a hacer. Abren la comunicación con el walkie. ‘Ahora’ , es lo que oigo que dicen. Menos mal que ya estaba preparado.

Flexiono las piernas y salto lo más lejos posible del edificio. No quisiera que el viento me devolviera al edificio a través de un ventanal, y acabar en el hospital con heridas de cristal por todo mi cuerpo. Vuelo; en picado pero vuelo. Explosión de libertad.

Veinte pisos. Más de cincuenta metros. Cuatro segundos en recorrerlos. Ni Usain Bolt.

Soy un dardo, directo a la diana, la diana dibujada sobre un colchón enorme, un castillo hinchable, el mayor globo que jamás haya visto.

El globo gigante amortiguó mi caída, atrapándome en un abrazo de tela. Tras desenvolverme como si fuera un regalo, me dijeron que fue un buen salto y que el récord mundial estaba en 818 metros. ¿Superarlo? No lo creo.

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