En el parque, las hojas de los árboles bailan la sintonía que silba el viento. Las farolas despiertan, puntuales en su cita con la noche, la Luna ya estaba esperando y las estrellas llegarán escoltando a la noche.
Aún quedan niños jugando. Hay uno en el columpio meciéndose, sentado en su esponjoso asiento y agarrado a las cadenas forradas de plástico. Cinco más hacen cola para tirarse del tobogán, cuya inclinación y barreras laterales evitan cualquier percance. Dos hermanos se balancean en un balancín de madera sin ninguna astilla y con los bordes biselados. Y en la ruleta, tres amigos intentan marearse sin éxito, pues está diseñada para que no gire muy rápida. Todo ello sobre un suelo acolchado y sin ningún arma peligrosa cerca, como chinos, piedras, palos, cuerdas sueltas (potenciales horcas), excremento de animales, tercas y tornillos al descubierto... Lo más peligroso: un balón de cuero que un imprudente padre había llevado.
Mientras tanto a aquel niño, el que se columpiaba, le había llegado la hora de irse de aquel parque llamado “Infancia”. Iba agarrado a la áspera mano de su padre, disfrutando de la sensación de nube de algodón que le producía aquel suelo.
Salieron a la calle y continuaron por la acera. Tan distraído iba recordando aquella fabulosa tarde, que no vio la losa ligeramente levantada del suelo. Tropezó, la mano que sostenía su padre resbaló y cayó de bruces contra el suelo.
Lloró y lloró. Cuando se recompuso un poco, pudo articular entre espasmos respiratorios:
-¿Por qué este suelo es tan duro?
-Porque éste es de verdad.- sentenció el padre.